Tiburón: la venganza, un desastre que sigue vomitando dólares
Quentin Tarantino no estaba exagerando. En seis años de cine, la década de los 80 parecen una vergüenza estética, un ejercicio de sobreproducción y, sobre todo, de franquicias descontroladas. Hollywood, en su afán por replicar el éxito de Aliens – un ejemplo de cómo la innovación puede coexistir con la tensión y el espectáculo – se sumergió en un agujero negro de secuelas, a menudo carentes de sustancia.
El espejismo de la fórmula infalible
La obsesión por las franquicias se convirtió en una adicción, una máquina de hacer dinero que, lamentablemente, a menudo entregaba resultados decepcionantes. Algunas secuelas, como Aliens, lograron cautivar al público con una visión fresca y aterradora. Otras, sin embargo, se convirtieron en curiosidades infames, ejemplos de cómo abusar de un buen punto de partida puede arruinarlo por completo. Hoy, exploramos uno de esos ejemplos más flagrantes: Tiburón: la venganza (1987).
Esta película, catalogada como el peor valorado de toda la década de los 80 por miles de usuarios en IMDb y Letterboxd, es un monumento a la mediocridad. Un desastre argumental, un rodaje descuidado y un guion plagado de agujeros que lo convierten en una experiencia cinematográfica verdaderamente desagradable. Pero, ¿qué la hace tan interesante, además de su pésima calidad?

Michael caine y el precio de la ironía
La ironía reside en que, en el momento en que Michael Caine recibía un Óscar como mejor actor de reparto por su papel en Hannah y sus hermanas – una película, de hecho, considerada una obra maestra de Woody Allen – se encontraba rodando Tiburón: la venganza. Un proyecto que, como bien dijo el actor en una entrevista con la televisión australiana, “era un asco”. Y su respuesta a la crítica, “Me pagaron un millón de dólares por dos semanas y con ese dinero, compré una casa a mi madre”, revela la verdad: el dinero, incluso el más cuantioso, no puede justificar el sinsentido.
“Yo tenía un papel pequeño ahí por el que me pagaron un millón de dólares por dos semanas. Y con ese dinero, compré una casa. Luego alguien me dijo: ‘Vi Tiburón: la venganza y es un asco’. Yo le dije: ‘No la he visto’. A lo que añadí: ‘Pero he visto la casa que le compré a mi madre, y es maravillosa’”, recordó, con una honestidad brutal. La historia, aunque grotesca, desvela una visión pragmática del oficio, donde la compensación económica supera con creces la calidad artística. Es una anécdota que, paradójicamente, le valió un segundo Óscar en 1999, cuando pudo finalmente asistir a la ceremonia para recogerlo.
En la película, el personaje de Caine se involucra en una trama absurda en la que un tiburón aparentemente vengativo persigue a la familia Brody desde la Isla de Amity hasta las Bahamas. Un pretexto ridículo para un guion que, en su conjunto, carece de lógica y de cualquier pretensión narrativa. Pero, ¿qué podemos esperar de una película que, según algunos críticos, es tan mala que incluso su propia absurdidad puede resultar entretenida para los fans del género.
Hoy en día, Tiburón: la venganza no se encuentra disponible en ninguna plataforma de streaming. Una desgracia para los amantes del cine, pero quizás una bendición para aquellos que prefieren evitar este ejemplo del abuso de franquicias. La película sirve como un recordatorio de que, a veces, la innovación y la creatividad son más valiosas que la repetición y la explotación comercial.
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