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Kill bill: la venganza completa, una maratón para los obsesos

La espera ha terminado. Quentin Tarantino, en un acto de fanatismo casi religioso, ha desvelado la versión restaurada y extendida de Kill Bill: The Whole Bloody Affair, una obra cinematográfica que ahora se presenta en su forma más completa y visceral. Prepárense, porque esto no es un paseo por el parque.

Una odisea de sangre y estilo

Una odisea de sangre y estilo

Verla en 70mm, en los cines Paz de Madrid, es una experiencia que exige compromiso. Casi cuatro horas y media, con descansos, para sumergirse en el universo de la venganza de Beatrix Kiddo. Pero, ¿vale la pena? La respuesta, para los verdaderos fans, es un rotundo sí. La intención original de Tarantino, ahora plenamente recuperada, es un deleite para los sentidos. Y eso, en un mundo saturado de clichés, es un activo invaluable.

La inclusión de la pieza de animación que explora el pasado de O-Ren Ishii, interpretada magistralmente por Lucy Liu, es un cambio significativo. Ver el origen de esa guerrera implacable, su trasfondo de dolor y venganza, añade una capa de complejidad a un personaje ya de sobra icónico. Y la legendaria secuencia de la Casa de las Hojas Azules, ahora presentada en todo su esplendor a color, se erige como uno de los momentos álgidos de la película, un torbellino de violencia estilizada y coreografías impecables.

Pero no se trata solo de añadidos técnicos. Kill Bill, en su totalidad, es una colcha de retazos de influencias diversas: samuráis, westerns, thrillers y el cine de acción japonés. Tarantino, con una audacia casi temeraria, mezcla géneros y subgéneros con una soltura deslumbrante, creando un universo propio, inconfundiblemente suyo. La película se siente más fluida, el contraste entre el Volumen 1 y el 2 es palpable, y el tono se vuelve más oscuro y dramático, centrándose en la resolución de la trama principal. Se retrocede en el tiempo para desentrañar las motivaciones y el pasado de los antagonistas, personalizando sus rostros y nombres, y sanando las heridas de la historia.

La estética, con sus explosiones de sangre, sus diseños de vestuario extravagantes y sus movimientos de cámara valientes, es una hipérbole desmesurada, pero una hipérbole que funciona a la perfección. La fotografía, en ocasiones, es casi una forma de arte, creando ambientes y generando emociones con una maestría impresionante. La banda sonora, un collage ecléctico de rock, blues y música tradicional japonesa, es tan emblemática como las propias secuencias de acción.

Kill Bill es un logro extraordinario, una muestra de la creatividad y la visión de Tarantino. Su envejecimiento, sorprendentemente, es mejor que el suyo propio. Y, sin duda, ha influenciado a toda una generación de cineastas, como lo demuestra el éxito de la saga John Wick.

Valoración: 90/100. Una experiencia cinematográfica que supera las expectativas y confirma a Tarantino como uno de los directores más originales y visionarios de nuestro tiempo. Una gozada absoluta, sin concesiones.