Los testamentos: gilead se expande, pero ¿sin alma?

La secuela de El cuento de la criada, Los Testamentos, llega a Disney Plus con la promesa de desvelar los secretos de un Gilead quince años después, pero se enfrenta a un reto: no es simplemente una extensión de la serie original, sino una reinterpretación que, en última instancia, se siente algo distante.

Un adolescente gilead, entre la fe y la duda

La serie, centrada en la adolescencia de Agnes, nos sumerge en una escuela de esposas donde la inocencia se diluye rápidamente ante la imposición de una moralidad férrea. La llegada de Daisy, una “perla” traída de Canadá, introduce un elemento de tensión y un nuevo eje narrativo, liderado por la tía Lydia y su implacable labor de adoctrinamiento. La lucha de Mayday contra el régimen, aunque presente, se siente menos incisiva que en las temporadas anteriores. Chase Infinity, como ancla emocional, aporta un matiz de esperanza, pero no logra compensar la falta de un impacto visceral.

Más allá de gilead: escuelas, conspiraciones y secretos revelados

Más allá de gilead: escuelas, conspiraciones y secretos revelados

Los Testamentos amplían el universo ficcional de Atwood, explorando las escuelas de esposas, las colonias reservadas a las mujeres proscritas y el ascenso del poder de tía Lydia. La estructura narrativa, con tres narradoras –tía Lydia, Agnes y Daisy– permite desentrañar aspectos que quedaron en sombra en la novela original: el funcionamiento interno de Gilead, el destino final de las protagonistas y el origen del poder de la tía Lydia. La serie se beneficia de una fotografía exquisita, con planos cenitales coreografiados con esmero y una puesta en escena meticulosa. El equipo técnico ha logrado, sin duda, las cuotas elevadísimas.

Sin embargo, la serie se enfrenta a una paradoja: a pesar de acercarse temporalmente a la trama de la novela, se siente como una extensión más de la serie original, carente de la crudeza y el impacto emocional que caracterizaron a El cuento de la criada. El trasfondo permanece similar, pero la ejecución, en ocasiones, parece diluida. La serie, en definitiva, se ahorra sufrimiento al suavizar algunos de los correctivos brutales y las asambleas disruptivas que marcaron las primeras temporadas, aunque esto también reduce su capacidad de sorprender y perturbar.

Un final pendiente, pero sin la furia original

Un final pendiente, pero sin la furia original

La decisión de retrasar el final, extendiendo la historia por potenciales temporadas, es comprensible, pero corre el riesgo de desvanecer la fuerza de la obra original. La simbología y el ritmo interno de la narración son elementos ganadores, pero el peso de ser una secuela derivada es palpable. La nota 80 refleja una serie que, a pesar de sus virtudes técnicas y la calidad de su reparto, no logra alcanzar la intensidad y la relevancia de su predecesora. Se necesita más concisión, un enfoque más directo y, sobre todo, honrar el material de base de Atwood para ofrecer un final que merezca la pena.