The boys: el final se aproxima, y la sátira apunta más directo que nunca
La espera ha terminado. La quinta y última temporada de The Boys ya está entre nosotros, y los primeros dos episodios confirman que la serie no ha perdido ni un ápice de su mordacidad. Olvídense de los espectáculos de superhéroes glorificados; aquí, la decadencia y la hipocresía son la norma, y la lucha contra Patriota se presenta más ideológica y visceral que nunca.
Un inicio sin fanfarrias, lleno de promesas
A diferencia de temporadas anteriores, que solían apostar por un debut explosivo para enganchar al espectador, esta vez la serie opta por un planteamiento más estratégico. No hay “Herogasm” ni explosiones innecesarias. En cambio, los episodios iniciales se dedican a tender las bases de un conflicto que se avecina, a presentar nuevas piezas en el tablero y a profundizar en las ya conocidas. Esto no significa, en absoluto, que la serie haya perdido su esencia. La violencia, el humor negro y las situaciones grotescas siguen siendo la banda sonora de esta lucha.
Lo que destaca inmediatamente es la incorporación de personajes que, aunque inicialmente parezcan meros gags, prometen una profundidad inesperada. Y, por supuesto, la vuelta de Oh Father, el predicador de The Boys, añade una capa de complejidad a la ya de por sí intrincada estrategia de Patriota. Su presencia, sacada directamente del material original, augura momentos clave en el desenlace de la serie.

La política se mezcla con la acción, la sátira se eleva
Pero la verdadera joya de esta temporada, al menos en estos primeros compases, es la forma en que The Boys utiliza su universo para satirizar la realidad. La serie no se limita a criticar a los superhéroes; se burla de una sociedad obsesionada con la imagen, atrapada en la polarización política y profundamente influenciada por las redes sociales. La referencia al movimiento MAGA y la manipulación mediática (de lo que aquí se denomina “marketing” incluso para las masacres) son golpes demoledores que obligan a la reflexión.
El choque entre ideologías es palpable, y la guerra de los “supes” se ha convertido en un espejo deformante de nuestras propias neurosis. La obsesión por la inteligencia artificial, los deep fakes y la desinformación son temas centrales que se entrelazan con la trama principal, elevando la serie a un nivel de comentario social poco común en el género.
Por supuesto, la acción sigue siendo un pilar fundamental. Estos dos primeros episodios están repletos de escenas de lucha multitudinaria, con superpoderes desatados y puñetazos que dejan una marca imborrable. El virus, el macguffin de esta temporada, ya mencionado en el spin-off Gen V, se convierte en la posible clave para derrocar a Patriota, aunque su conexión con la serie derivada se mantiene superficial, al menos por ahora. En cambio, los guionistas parecen decididos a cerrar viejas heridas y a darle un final digno a los personajes que han acompañado al público durante casi siete años.
Antony Starr, como siempre, ofrece una interpretación magistral de Patriota, un personaje desquiciado y volátil que es, a la vez, repugnante y fascinante. El Carnicero de Karl Urban, sin embargo, sigue siendo el protagonista más complejo y ambiguo, un antihéroe que encarna la otra cara de la moneda que es Patriota. A sus espaldas, Kimiko y Frenchie recuperan protagonismo, demostrando que la supervivencia, en este mundo, requiere de una mezcla de fuerza y astucia.
El episodio 2 culmina con un cliffhanger que deja al espectador con la respiración contenida, anticipando un desenlace cargado de tensión e incertidumbre. La serie, lejos de caer en la grandilocuencia de un final apocalíptico al estilo Juego de Tronos, parece apostar por una conclusión más íntima y visceral, fiel a su espíritu irreverente y transgresor.
The Boys no va a explotar en un despliegue de efectos especiales; va a golpear donde más duele, en la propia conciencia del espectador. Y eso, amigos míos, es algo que merece la pena ver.
