Breath of the wild: el juego que reinventó el mundo abierto
El impacto de The Legend of Zelda: Breath of the Wild en la industria es innegable. Tras años de estancamiento para Nintendo con la Wii U, este título marcó un punto de inflexión, no solo por su éxito comercial, sino por su radical redefinición del género de mundo abierto.

Un sandbox sin ataduras
Guillaume Broche, director de Clair Obscur: Expedition 33, lo describe acertadamente: es el primer mundo abierto que realmente cumplió la promesa que este tipo de juegos siempre había albergado. No se trataba de un simple mapa gigantesco para llenar con actividades secundarias y recompensas mediocres. Breath of the Wild, con su diseño de niveles magistral, generaba interrupciones constantes, desatando la curiosidad del jugador y fomentando la exploración impulsada por la pura experimentación. Un cambio de paradigma.
Broche, con una relación previa limitada con la saga, descubrió la magia de Hyrule a través de este título. Su reencuentro fue, según él, “por la puerta grande”, rompiendo con la rigidez tradicional de los mundos abiertos que, en su opinión, solían justificar la inmensidad del mapa con una narrativa o jugabilidad débil. El juego, en esencia, evitaba esa compensación. La libertad de acción que ofrece es absoluta: cualquier punto del mapa puede convertirse en un objetivo inmediato, y el sistema de físicas genera situaciones emergentes que desafían la lógica predecible del género.
La semilla de este cambio se plantó en 2017, cuando el juego desencadenó una revolución en la industria. Los estudios se vieron obligados a replantear sus enfoques, reconociendo el potencial de un mundo abierto que no requiriera
