El ballet bolshói como arma cultural en la guerra fría
En la década de 1950, la Unión Soviética desplegó al Ballet Bolshói y al Grupo de Baile Moiseyev en giras mundiales, como parte de su estrategia de proyección ideológica y 'poder blando'.

El arte como diplomacia
El estreno del Bolshói en Londres demostró cómo hasta el detalle organizativo más mundano adquiría rango diplomático en plena Guerra Fría.
La KGB trató de anticipar y detener la deserción de artistas hacia Occidente, pero no siempre lo logró. En 1979, el primer bailarín Alexander Godunov pidió asilo político en EE. UU., tras una función de Spartacus en el Metropolitan Opera House de Nueva York.
La compañía siguió su gira, pero el incidente convirtió un pas de deux en un suceso de Estado. La esposa de Godunov, Lyudmila Vlasova, intentó regresar a la URSS, y las autoridades estadounidenses retuvieron su avión durante tres días, sin saber si la obligaban a partir.
La elección de obras no era casual. Spartacus, que representaba la revuelta de esclavos, aludía a la desigualdad racial en EE. UU. y promovía la revolución proletaria, núcleo de la ideología marxista.
La URSS aprovechaba los casos de deserción para convertirlos en victorias, como en 1985 cuando se estrenó el film Flight 222, que retrataba la huida de Godunov como un señuelo trágico que conducía al aislamiento y el arrepentimiento.
La 'marca Bolshói' funcionaba como sello genérico de prestigio soviético, incluso cuando el elenco no comulgaba con las ideas. Imagen de portada: Alexei Yakolev (CC BY-SA 4.0, Wikimedia Commons).
